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La Utopía de la Participación Ciudadana

Los proyectos de participación ciudadana se presentan como una oportunidad del pueblo para enfrentar sus penurias y tragedias. Son proyectos generados desde grupos organizados que pertenecen o están intrínsecamente condicionados por poderosos intereses políticos y económicos. Conciben en sus proyectos a una sociedad ordenada de acuerdo a ciertas reglas y disciplinas reconocidas institucionalmente en una ley: la ley de participación ciudadana.

Dicha ley dota a la ciudadanía de instrumentos como el plebiscito, la consulta y la revocación de mandato. Su sola existencia es en sí un instrumento político de un Estado “que pone los medios a la ciudadanía” como el complemento que cubre el vacío que hay para “una democracia plena”. Esto es pues, que a la democracia representativa le faltaba su contrapeso: la democracia participativa.

Esta es la perspectiva del Estado la cual ha sido ensayada en varios países, y por qué no, en México. Pero más allá del ejemplo idílico de los países nórdicos como Suecia, Noruega, Dinamarca y Finlandia, donde hay una participación ciudadana que incide en las políticas públicas , o en los ejemplos de Edgardo Buscaglia de las islas de Córcega y Cerdeña donde “el barrio” administra un presupuesto de la municipalidad para gestionar y administrar los servicios públicos; o la toma de referencia de los países vecinos del norte por la consulta ciudadana para la inversión de los impuestos, en nuestro país como en muchos  las condiciones socio culturales, geopolíticas e históricas convierten en viles disparos al aire las acciones ciudadanas organizadas desde esas alturas.

El mismo Edgardo Buscaglia aporta mucho en un análisis de la participación ciudadana en el Distrito Federal en su documento “Vacíos de la Participación Ciudadana, Brechas entre Ley y Práctica”  (http://www.infodf.org.mx/dp/doctos/presentaciones/EdgardoBuscaglia.pdf ) al enumerar “los obstáculos para la efectividad de los órganos de Participación Ciudadana”:

El catálogo de acciones de los Comités y Consejos es definido por la autoridad ejecutiva del DF sin la participación de la ciudadanía en los procesos de delineación de obras y servicios, equipamiento, infraestructura urbana, prevención del delito, beneficio de actividades recreativas, deportivas y culturales;

Existe nula estimulación de una cultura del uso de los mecanismos de Participación Ciudadana sobre los instrumentos como Referéndum, Plebiscito, Iniciativa Popular cuando sólo se requieren por lo menos el 10% de los Comités Ciudadanos o al menos el 8 de los Consejos ciudadanos delegacionales para activar estos instrumentos.

Igualmente menciona los “obstáculos para la efectividad de los órganos de Participación Ciudadana”:

➢ Sólo el 30% de las y los Representantes de manzana son autónomos e independientes de partidos políticos, cacicazgos, políticos o empresarios locales.

➢ Las Red de contraloría ciudadana tiene una escasa participación, se reúne una vez al mes, sin reparar en articular sus acciones o cruzar la información de resultados sobre sus atribuciones que permitan la prevención y erradicación de actos de corrupción, fraude u otros ilícitos.

Aparte de todas las preguntas que nos suscite este escenario del centro urbano considerado como “el más politizado”, habría que agregar otras razones del porqué nuestra sociedad no encaja en ese traje hecho por los sastres de las elites de poder.

Al estudio del tema le falta la perspectiva que explique cómo armonizar en un ejercicio ciudadano homogenizante desde una receta para todos, que sea válida y funcional para la pluridiversidad cultural donde existe una gran asimetría en la competencia de las economías industrial y comercial, formal e informal,  estratos sociales que van desde cero ingresos a millones (hablar de pesos o dólares da igual para el ejemplo), donde privan el racismo y la exclusión.  Esto sin mencionar un país con el 60% en la pobreza y del cual 30% está en la miseria (habría que ver los datos de los pobretólogos a partir de indicadores que no son considerados por las instituciones del Estado). ¿Qué se organicen estos “ciudadanos” para que elijan a sus representantes?, ¿Qué promuevan un plebiscito?, ¿Qué estén atentos a la cuenta pública?

Palabras más palabras menos bien dijo un amigo mío: “las reglas de la participación ciudadana deben ser elaboradas por los ciudadanos si no, pues no habrá pueblo que las haga suyas”.

También falta la perspectiva que explique porqué en esos países idílicos que se piensan como los más participativos, con mayores ingresos, mayor “calidad de vida”, mayor “calidad en educación” y que gozan de mayor felicidad, en ellos si funciona la participación ciudadana. Todo explicado como países ricos, modelo de sociedad, modelo a seguir por los países pobres, subdesarrollados, tercermundistas. Al exhibirnos estos modelos se sugiere que la participación ciudadana solo será efectiva en esas condiciones de vida de los países nórdicos o de nuestros vecinos del norte. Sugiere también que como “país atrasado” debemos seguir las huellas de “los adelantados” para cursar un camino que nos lleve a su situación y, entonces sí, la participación ciudadana será posible. Entonces, pues esta fácil, revisemos su historia para descubrir el camino a la grandeza. ¿Será posible que nuestro país curse la misma historia del de otro logrando con eso “el desarrollo” a ese nivel, con esas costumbres, con esa forma de pensar, con esa…, etc.?

 Ya varios presidentes, siguiendo ese modelo, nos han dicho de diversas formas que lo alcanzaremos, desde el que dijo que “debemos  aprender a administrar la abundancia” hasta el que nos dijo que “vamos a ser una potencia mundial”, pasando por los que en ese anhelo primermundista nos inscribieron en el G-20 y en el consejo de seguridad de la ONU. Esperemos pues que eso suceda… (sentados diría yo para no cansarnos).

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